Categoría: Noticias InfoCasas , 11 Noviembre, 2016

La historia de Richard Tesore: una vida dedicada al Rescate

La historia de Richard Tesore: una vida dedicada al Rescate

Si hiciéramos un cuestionario sobre fauna marina, la mayoría de los uruguayos indicaría que los pingüinos son de la Antártida, las tortugas marinas del Caribe y los delfines más cercanos están en Brasil. Pocos saben que estas y muchas otras especies también pertenecen al Río de la Plata, ya sea que nacen aquí o pasan en su camino a aguas más cálidas. Cuidar estos animales, ayudar a preservarlos y concientizar sobre ellos ha sido la labor incansable de Richard Tesore, que desde hace veinticinco años lleva adelante la fundación S.O.S. Rescate Fauna Marina en Punta Colorada.

Durante todo este tiempo, la ONG ha llegado a rescatar 300 animales en un año y atendido hasta 3000 llamadas de ayuda. Ha dado talleres para las escuelas y recopilado muchísima información sobre el rescate y la preservación de la fauna. Y también ha atravesado momentos durísimos, como los temporales que azotaron la costa en los últimos dos meses y destruyeron gran parte de las instalaciones.

Son las siete de la tarde, anuncian de nuevo un temporal y Richard quiere aprovechar la última luz del día para trabajar afuera, martillando para que el viento no se lleve lo poco que ha quedado. La mayoría de nosotros, a apenas tres meses de un trasplante de hígado y en pleno proceso de recuperación, estaría en reposo. Pero Richard, dueño de una fuerza admirable, sabe que cada minuto es valioso si se quiere continuar con este proyecto. Por eso esperamos a que ya haya anochecido para escuchar su historia.



Entre padre e hijo


El proyecto S.O.S. nace de uno de los lazos de amor más profundos que existen: el de un padre y un hijo. Richard vivía en Buenos Aires, donde tuvo empresa de taxis, un gimnasio y hasta una rotisería, hasta que al separarse y quedarse solo con su hijo,  decidió volver a sus orígenes, en Punta Colorada, donde se había criado desde los cuatro años y adonde venían a pasar las temporadas. “Él tenía diez años y me dijo que le gustaría quedarse acá. Primero yo iba y venía cada quince días, hasta que un momento para no perder contacto con mi hijo, cerré todo allá y me instalé acá”.

Cuando su hijo entró en la adolescencia, viendo cómo empezaba a independizarse, Richard buscó una actividad en común que los uniera. “A él le gustaban los animales; y para buscar un relacionamiento con él empezamos a juntar un pingüinito, dos, tres, hasta que comenzó el refugio”. Richard había tenido experiencia en Argentina en el Proyecto Patagónico, y acá empezó colaborando con la Reserva de Fauna del Pan de Azúcar, donde llegaron pingüinos empetrolados.



En ese momento, comienzo de los noventa, no existía en Uruguay una organización formal para esta actividad y faltaba mucha información, que Richard traía de sus viajes a Buenos Aires y las visitas a los acuarios con rescate de pingüinos. Cuando la Reserva de Fauna resolvió que no iba a seguir trabajando con los pingüinos porque no estaba dando mucho resultado, le plantearon que si quería continuar con la tarea, se los debía llevar a su casa, que quedaba  a setenta metros de la playa. “Y así fue, me los traje, y comenzaron a aparecer llamados”, recuerda.

“Cuando ya había cincuenta pingüinos me di cuenta que eran demasiados, los llevé caminando hasta el agua y se fueron. A las dos horas estaba almorzando y empiezo a escuchar golpes en las chapas. Eran los pingüinos que habían vuelto”.



Una familia que crece


Ellos serían los primeros de cientos de animales que volverían al hogar de Richard y lo adoptarían como suyo. Hasta los lobos marinos volvían a la costa para que les dieran de comer. Lo que había empezado como un vínculo padre-hijo pronto se convirtió en una familia mucho más grande. Primero construyó una piscinita, la prensa poco a poco empezó a acercarse y difundir la obra, la Reserva de Fauna de la Intendencia derivaba los llamados y los veterinarios ofrecieron su apoyo. 



El derrame del San Jorge en 1997 fue un punto de inflexión en la historia del refugio. Cerca de diez mil pingüinos cachorros murieron empetrolados, y el refugio de Richard fue el único que logró salvar a algunos. La diferencia fue el vínculo de amor hacia esos bebés huérfanos. “Todo el mundo los manejó impersonalmente, como animales. Yo noté que lo que les faltaba era la madre, e intenté que los voluntarios se transformaran en las ‘madres’ para que solucionaran el estrés de los cachorros por esa falta”. Había que “darles la mamadera, dejar que te picotearan, dormir con ellos y compartir el abrigo”. Después que se logra el primer objetivo de supervivencia, a muchos de ellos les cuesta irse, se domestican.



La difusión que alcanzó este rescate convocó contactos del exterior que impulsaron el crecimiento. Poco después, el refugio se instaló en su propio establecimiento y a los pingüinos se sumaron otras especies: lobos, leones y elefantes marinos, delfines de agua dulce, tortugas, palomas antárticas, albatros, espúas, petrel, orcas...



Esta variedad atrajo las visitas. Se empezó a cobrar una colaboración a turistas y colegios (siempre entrada gratuita para escuelas públicas), que fueron una forma de generar ingresos para costear una actividad muy costosa, más de lo que Richard hubiera imaginado. Al no ser un acuario, el financiar el refugio es muy difícil. “Siempre estábamos en rojo. Que nos cortaban el agua, que nos cortaban la luz… Muchas veces el financiamiento fue por mi cuenta, o con la colaboración de voluntarios”, cuenta Richard.

“Pero así sobrevivimos todos estos años hasta ahora”. Y no es de extrañarse, habiendo lazos afectivos tan sólidos como base. La actividad que Richard compartía con su hijo, ahora era compartida con centenares de escolares que jugaban con los cachorros, bañándose con los lobitos marinos o llevando pingüinos a pasear en kayak. “Trabajamos con chicos con discapacidad, autistas, que ayudaron en ese vínculo de afecto con los cachorros”. 



Reconstruyendo “el Casapueblo de los refugios” 


Desde que lograron la personalidad jurídica en el 2000, el equipo de colaboradores ha ido fluctuando. “Hemos llegado a ser setenta voluntarios trabajando, y muchas veces he estado solo, con veterinarios que van y vienen”. Lo que nunca paró fue el espíritu de seguir construyendo, siempre con un esfuerzo enorme dada la escasez de recursos. “Todo lo que veía que servía lo traía. A veces donaban algo, iba  a un remate, y construía en función de lo que tenía; porque hacer una puerta a medida era mucho más costoso”. Tanto es así, que una vez Carlos Páez Vilaró me dijo que era ‘el Casapueblo del rescate‘, porque también se construyó con cosas usadas.

No solo el reciclaje tienen en común el refugio de Punta Colorada y la casa-taller de Punta Ballena, sino sobre todo el espíritu colectivo y solidario en la construcción de ambos, gracias al impulso gigante de sus fundadores. Y eso se hizo más patente en el histórico temporal del 2005, en que el mar se metió en las instalaciones de S.O.S. y destruyó todo. Al año lograron construir el doble de instalaciones y mejorar el equipamiento para tratar a los animales.


Los temporales de estos últimos meses dejaron a Richard en un shock similar. “Pero este da miedo sobre todo porque físicamente estoy en otra condición que hace diez años”. Apenas había salido del trasplante hepático cuando el viento voló casi todos los techos del refugio, aflojó todas las estructuras e hizo explotar los ventanales.

Hay que hacer una reconstrucción de casi el 70%. Para eso lo principal es que el clima nos dé un changüí, un poquito de tregua, y ya empezar a trabajar haciendo un plan de qué se va a reconstruir antes de la temporada. El temporal arrancó hasta los cercos y la bomba de agua salada, que hay que volver a instalarla, y todo lo que era madera está flojo, deteriorado, igual que vidrios”, relata.

Por ahora, el foco está en conseguir contenedores en préstamo “para instalarnos ahí mientras se reconstruye, porque hay muchos materiales útiles que hay que poner al resguardo. Una vez que tengamos el lugar para poner lo útil, hay que hacer una limpieza general y tirar todo lo que ya no sirve”. Pero el tornado además destrozó la propia casa de Richard, que hoy cuenta con una habitación prestada hasta que empiece la temporada. “Cuando empiecen las tareas tenemos que ver la forma de encontrar un lugar decoroso e higiénico, abrigado, con las condiciones mínimas” para continuar recuperándose.


Mapa Reconstrucción  S.O.S. Rescate Fauna Marina

Los obstáculos de ser un pionero

“Tengo claro que las crisis son buenas a veces” reflexiona Richard, remitiéndose a la reconstrucción del 2005. “Pero soy consciente de que esto va a ser lento”. Todavía en tratamiento, “trato de dirigir la fundación pero teniendo el menor contacto posible con los animales, no solo por el esfuerzo físico sino por un tema inmunológico, porque estoy más sensible a las infecciones, tengo que tener muchísimo cuidado con eso”.

Richard nunca consumió alcohol, y por eso algunas explicaciones a su problema hepático la asocian a su actividad como rescatista, si bien no se ha probado con exactitud. Una teoría es que podría haber agarrado un parásito en alguno de los acuarios del Caribe a los que viajaba a trabajar cada invierno como medio para financiar la ONG. “Puede ser también por trabajar con petróleo sin guantes, la contaminación termina afectando el hígado”, explica.



Pero como a lo largo de todos estos años, Richard no se deja aplacar por las dificultades. “Alguien me decía una vez, que cuando uno es un precursor en algo, empieza a trazar un camino. En estos años he atravesado los obstáculos de ser un pionero. Por ejemplo, hablar con los pescadores para quienes los lobos marinos son una plaga, que quieren matarlos; y hacerles entender que toda especie cumple una función importante en el eslabón. Cuando eliminás el eslabón hay serias consecuencias que afectan otra línea de la cadena”

Cerrando la charla, Richard nos muestra una foto que le tomaron un día después del temporal del 2005. 

En la foto está con Cacho, un pingüino que recuerda como uno de los grandes personajes que han pasado por S.O.S. “Ese día estaba como estoy en este momento, totalmente acongojado. No sabés si es tristeza, te sentís absolutamente desubicado, en una nube. Me senté mirando hacia el piso, y lo que hizo Cacho fue venir y ponerme la cabeza encima como acompañándome. Él había vivido toda la situación y la tenía clarísima, era muy pero muy sensible”, relata.



“A él lo tomamos como la imagen de la reconstrucción, porque era como el capataz del lugar. Permanentemente estaba atento, subía a la parte más alta sobre una montaña de arena y desde ahí dirigía y controlaba todo, ayudaba en todas las tareas. Cuando se terminó la obra, era su mundo, no lo podías sacar de ese lugar, se instalaba, miraba el atardecer tranquilo. Era feliz ahí”.  

Hoy S.O.S. necesita que todos seamos como fue el pingüino Cacho en aquel momento. Así como Richard ayudó a tantos seres a ser felices encontrando un nuevo hogar o continuando con su “eslabón de la cadena”, también nosotros podemos colaborar para que no se rompa este eslabón tan vital que es su trabajo y el de su fundación.




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